¿Salimos a la calle?

¿Salimos a la calle?Hace algún tiempo, Leonel Moura escribe que “en la calle sucede lo irremediable para el hombre común, porque el lugar de toda acción política es la calle”. Así presentada, la calle es el terreno de lo irremediable porque allí se deciden los destinos colectivos. Justamente por eso, la calle es el terreno donde toda acción adquiere status de acción política.

La afirmación de Moura describe con belleza la naturaleza de la calle en tiempos nacionales, pero la calle actual no se deja pensar en su novedad por esa definición. Agotado el Estado Nación como pan-institución donadora de sentido, la calle altera su condición. Sin meta-institución estatal, la calle ya no será la misma. Ahora bien, esta alteración consiste en su destitución como espacio público y político. Más radicalmente, en condiciones de mercado, la calle se transforma en esa distancia deśertica que separa al consumidor de sus objetos de consumo. Definida de ese modo, la calle pierde todo encanto nacional.

La dinámica de mercado, como efecto de su operatoria, produce exclusión. Vale decir que esta exclusión también describe la eliminación de ciertas prácticas como posibles en ese sistema social. Entre las prácticas excluidas, aquí nos importa centralmente una. A saber: las prácticas que hacen de la calle un espacio socialmente compartido. Ahora bien, la exclusión de estas prácticas, tiene consecuencias en la vida colectiva -no sólo de los excluidos, sino también de los incluidos-, ¿por qué? Porque implica el desvanecimiento de ese suelo que hacía lazo entre los componentes de la vieja lógica nacional. Dicho de otro modo, el agotamiento del espacio público destituye a la calle como zona de encuentros aleatorios y la transforma en un sitio fundamentalmente amenazante. Por otra parte, ese desvanecimiento resulta irremediable porque no hay sustituto privado del espacio público. Justamente por eso, incluidos y excluidos comparten una exclusión: la calle ya no es una institución de la dinámica actual.

El colapso de la calle como espacio público genera una serie de efectos. Entre tantos, la reclusión de los incluidos por temor a los excluidos y la expulsión de los excluidos. Reclusión y expulsión son operaciones de una lógica que se empobrece, simbólicamente, al reducir sus intercambios -cuando suceden- a intercambios entre parecidos: incluidos con incluidos (barrios cerrados) y expulsados con expulsados (ghettos).

Volvamos sobre las condiciones en las que la calle se desvanece como espacio público. Para la dinámica de mercado, la calle es, fundamentalmente, ese espacio que separa al consumidor de sus objetos de consumo. Siendo así, el consumo también deberá practicarse en casa. Para que esto ocurra, los artefactos mediáticos de mercado hacen su trabajo. De esta manera, nuestro consumidor no tendrá que someterse a los riesgos de transitar la calle post-nacional. La TV, internet, el teléfono y el servicio delivery nos ahorran esa posibilidad. Bajo el imperio de estos artefactos, la calle lentamente se despuebla. Sin sentido ni razones para permanecer en ella, sin condición pública y política, la calle se vacía. Ahora bien, ese despoblamiento no consiste en la retirada del ciudadano de la calle a su casa, sino en el desvanecimiento del tipo subjetivo ciudadano y del espacio como espacio público. Sin ciudadanos ni ámbito público, la calle nacional desaparece. Ahora bien, esto no quiere decir que no haya calle. Más precisamente, quiere decir que la calle ya no es una institución estatal existente, sino una producción situacional. En este sentido, no hay calle hasta que una estrategia subjetivante la obligue a existir y consistir.

La calle nacional como espacio público era una objetividad instituida por el Estado Nación en la que transitaban políticamente los ciudadanos. La calle contemporánea no ofrece razones ni sentido para transitarla al desvanecerse como espacio público y político. Si la calle no es una objetividad disponible sino desierto simbólico y amenaza, cabe preguntarse por las operaciones capaces de exceder semejante destino. En estas condiciones, forjar otro destino exige la determinación situacional y subjetiva de una situación llamada calle. Dicho de otro modo, consiste en la transformación de un fragmento en una situación habitable, en un espacio de regulación simbólica para los agentes que decidan habitarla. Pero esa construcción, no es efecto de la operatoria estatal sino de la decisión de un sujeto que se constituye en esa experiencia. En este sentido, agotado el Estado como pan-institución productora de espacios públicos, la calle resulta, inevitablemente, de un emprendimiento subjetivo.

Dicen que en lógica de consumo se puede hacer todo sin salir de casa, menos -claro está- salir a la calle. Esto parece cierto por los menos en dos sentidos. Por un lado, es posible hacer casi todo sin salir a la calle, porque la dinámica de consumo desarrolló unos procedimientos capaces de proveer, casa por casa, los más diversos servicios; por otro, porque no es posible salir a la calle, porque no hay calle como espacio instituyente de sentido. Justamente por eso, habitar la calle en condiciones contemporáneas quizá requiera no sólo de abandonar la fascinación del consumo hogareño, sino fundar un oasis en ese desierto simbólico. De no ser así, ya no podremos salir a jugar a la calle.

Ignacio Lewkowicz

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