Islas en el desiertoLa Escuela de Afuera tiene una apuesta tan sencilla como ambiciosa: queremos parir una escuela. Y, como cualquier parto, éste requiere de la colaboración de mucha gente.

¿Por qué una escuela?

Estamos convencidas de que el gobierno no es un mero rey desnudo al que basta con desenmascarar, ni tampoco un aparataje supraestructural que se impone a la fuerza sobre las personas; creemos, por el contrario, que se teje finamente, en múltiples planos, y que no sobreviviría si uno de sus puntos de aplicación fundamental no fuera la subjetividad misma, la manera de percibir, de pensar y de estar de cada uno de nosotros y nosotras: en el mundo y con los demás. Gobierno, dice Foucault y decimos nosotras con él, es conducción: de uno mismo y de los otros; es estructurar el campo de acción posible; es construir influencia para modular el deseo: reforzándolo, debilitándolo o desviándolo. Deshacer el gobierno, pues, es contra-conducción, contra-conducta: conducirse a uno mismo de otra manera, estructurar otros campos de acción posible, influir-se unos a otros bajo otras lógicas, menos depredadoras, más igualitarias, más respetuosas. Deshacer el gobierno pasa, entonces, en buena medida, por deshacerse: desaprender y aprehender otras maneras de estar y de hacer, de mirar y de nombrar. Deshacer también las maneras de pensar: de relacionarse con el saber.

Una intuición parecida funda muchas de las prácticas de lucha hoy, surgidas en el clima post-15m: aquellas que, conscientemente o no, producen contraconductas. Sin embargo, podemos decir que en el terreno de la teoría y de la enunciación críticas, del pensamiento y la investigación colectivas, no abundan las experiencias que muevan ficha. A pesar del éxito de libros como El maestro ignorante, de Ranciere, y del acervo de experiencias pedagógicas riquísimas en nuestro pasado reciente, con demasiada frecuencia se sigue pensando en el saber como un algo cosificado que está ahí, al que basta con “acceder” y, cuando se quiere profundizar en un aspecto de la realidad, la conferencia aparece como dispositivo privilegiado: el experto invitado transfiere lo que hay que saber y pensar a los que “no saben”, que se limitan a opinar y/o comentar algo al respecto. El cuerpo y la práctica quedan aparentemente fuera de este acto, que traza una línea clara entre los que saben y los que no.

Considerando esta realidad, nos atrevemos a lanzar una tesis: la hegemonía del modo-conferencia crea un alambre de espino entorno al saber que cercena el pensamiento colectivo. Obsesionados por “lo que hay que saber”, perdemos las habilidades y las herramientas para indagar por nosotros mismos, para tomarnos en serio nuestras propias inquietudes como puntos de partida de esta indagación, para escuchar a otros que no ocupan la posición de “los que saben”, para conectar lo que sabemos con los problemas que encontramos en la práctica y, también, con nuestros propios afectos. Si este mecanismo neutraliza y congela la capacidad de pensar (no digamos ya de pensar lo nuevo) de quienes entran o pueden entrar en la liga de “los que saben”, el efecto es aún más devastador para quienes quedan lejos de la liga: su capacidad de pensar queda desechada, porque, si algo saben, en todo caso no es “lo que hay que saber”. Como dice Adela Franzé: “lo que sabía no valía”. Los afectados somos todos, porque el cercenamiento diferencial del pensamiento lastra a unos y otros y lastra cualquier aspiración a una política del 99 %.

Y esto es grave: porque el hacer, si no se engrana con el pensar, deviene automatismo (y viceversa). Sentimos, por ello, que es importante iniciar experiencias de descongelación de nuestra capacidad de pensar con otros: creemos que ésta es una de las mejores aportaciones que podemos hacer en los tiempos que corren a la construcción de una política del 99%. Estamos convencidas, además, que una escuela es un buen lugar para hacerlo: una escuela de ignorantes, en la que desaprender y aprender con otros, de otra manera -en conexión con las prácticas concretas, con las maneras de afectar y ser afectados de cuerpos diferentes en ciudades cada vez maś complejas, a partir de lo que tenemos más a mano, buscando la escucha y la traducción, el mínimo común múltiplo que nos une.

¿Por qué ahora?

Lo acuñó Amador F. Savater, pero es ya un lugar común: el 15-m y, sobre todo, la experiencia de las plazas inauguraron un nuevo clima social que invirtió la lectura de la crisis y disparó las formas de protesta colectiva. Han pasado ya casi tres años y hay quien empieza a hablar de agotamiento, de muro. Se dice que “ha terminado un ciclo de luchas” y que es preciso “dar el salto político”, lo cual se interpreta en diferentes sentidos, pero mayoritariamente como necesidad de librar la batalla electoral y constitucional: incidir de forma unitaria en el ordenamiento institucional. No estamos de acuerdo: creemos que el nuevo clima sigue vivo y que se manifiesta en una disponibilidad social enorme hacia las prácticas de protesta, desobediencia, creación de otras formas de trabajo, sociabilidad, vínculo -de Gamonal a la multiplicación de nodos de la PAH o de Yo Sí Sanidad Universal.

Nos cansamos, claro, nos topamos con muros, dificultades, impasses, y necesitamos de toda la energía, toda la inteligencia, toda la cooperación, para derribarlos. También nos dispersamos: tras picos de activismo, volvemos a nuestros quehaceres cotidianos, y luego no siempre es fácil retomar. Lo electoral, por innegable que sea su interés, no tiene muchas posibilidades de incidir en este plano o, desde luego, no lo colma.

Creemos que el cambio es largo, que necesita de muchos insumos, que los momentos visibles y clamorosos (en las plazas o en el Parlamento) no son sino una parte, y que en la carrera de fondo son fundamentales lugares, llamémoslos instituciones, por qué no, que nos den un suelo sobre el que pisar: que sean a la vez espacios de experimentación y sedimentación, de producción y de reposo: un pliegue en la ciudad en el que nutrirse y reponer fuerzas, cada vez. Un punto de apoyo de las otras maneras de hacer, de las contraconductas.

Quisiéramos proponer la escuela, justamente, como uno de estos lugares.

¿Qué imaginamos?

Si, como decíamos al principio, el pensamiento está alambrado y es preciso desalambrarlo, si necesita que lo movamos y conectemos con la experiencia, el cuerpo, la práctica, si está atravesado por jerarquías y divisiones que dejan a muchos fuera de los lugares legítimos de enunciación, habrá que salirse de los caminos trillados y entrarle desde otro lugar: lo físico, lo sensible, lo pedagógico -pensar con mover, afecto-concepto: literatura, cine, danza, antes que sociología o politología; la voz de la niña o del chaval de barrio antes que la del experto.

Aspiramos, pues, a crear un equipo multidisciplinar, con el que inventar otras formas pedagógicas: por una pegadogía de la ignorancia, en el sentido de Ranciere. Aspiramos también a poner un pie en el afuera o la periferia del “saber legitimado”: pensar con aquellos cuyo saber, aparentemente, “no vale” y que justamente por eso tienen todo que enseñarnos.

Tenemos, además, una imagen ambiciosa de escuela: imaginamos un espacio con dos sedes, interconectadas entre sí -una en un barrio periférico, con chavales expulsados del recorrido curricular normalizado, y otra en el centro, con chavales que han pasado por la universidad. Imaginamos algo serio: con capacidad de ofrecer titulaciones, con fondos para pagar algo del trabajo docente y de gestión, con mecanismos de solidaridad y redistribución. Un lugar donde los contenidos que se trabajan estén conectados directamente con la experiencia y las necesidades de la comunidad educativa, compuesta por alumnos y docentes: un espacio, de hecho, donde estas posiciones roten, y cada cual, según el momento, enseñe y aprenda.

Pero de momento se trata de empezar con algo pequeño, asequible, probar si funciona y a partir de ahí, ver. Tenemos a nuestra disposición un espacio precioso en un bonito local en el centro de Madrid y una asociación de un barrio periférico nos ofrece un espacio de trabajo con personas que se están sacando el graduado escolar. Tenemos referentes de escuelas y pedagogos que nos pueden servir de inspiración. Y tenemos muchas ganas.

Madrid, primavera de 2014

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