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Archivo de la etiqueta: Calle

Cuatro entradas imprescindibles del maravilloso Diccionario de las periferias de Carabancheleando.

 

Calle.

Aunque la mala fama y los estigmas que se les asocian digan lo contrario, las periferias son también germen de grandes cosas. Aquí va una.

(Hoy dejamos las definiciones escritas por esta definición hablada de lo que es la calle en una periferia dentro de la periferia, como es Caño Roto, cortesía del proyecto kdekalle).

 
 
 
 
 
Solar
 

Solar.

Porción de terreno donde se ha edificado o que se destina a edificar en él. V Cubrir un suelo con baldosas, ladrillos u otras piezas. Adj Relacionado con el Sol. En los dos primeros casos es del latín solum (suelo) y en el último de solaris: a pesar de la bonita coincidencia, aquí nos referimos a ese terreno destinado a la edificación que, sin embargo, admite diversas interpretaciones dependiendo de la perspectiva desde la que se mira. Así entre planificadores municipales, constructores y especuladores del suelo, el solar son metros cuadrados con una equivalencia en euros y que se puede multiplicar hasta donde la legislación municipal permita. Hay quien ni siquiera ve el terreno sin edificar, sólo lo que, cegado, prevé obtener de él. En ese sentido, es la base sobre la que se construyen edificios que nada o poco tienen que ver con su uso, sino más bien con el negocio sobre el suelo y el deseo desmedido por acumular riquezas por parte de unos pocos. Ese espacio es moneda de cambio de las corruptelas locales y fuente de enriquecimiento y especulación de gentes que, sólo dejando pasar el tiempo, pretenden revalorizar ese suelo o lo que hayan edificado sobre él. Mientras tanto, la vida sigue y la presencia de un solar que ha sobrevivido a una rápida edificación (hay solares que no da ni tiempo a llamarlos así) adquiere numerosas y variadas significaciones.

Hay terrenos que se acostaron siendo rústicos y se despertaron siendo solares. En algunos extremos de las periferias, todo el territorio fue un gran solar sobre el que se edificaron nuevas viviendas en un lapso más o menos corto de tiempo. En otros lugares, aparecen como huecos diseminados entre edificios de diversa factura y antigüedad. También las casas bajas, chabolas -que se derriban y sin embargo contienen vidas e historias- fabrican solares cuando desaparecen, en espera de lo que vendrá. Para algunos son marcas lineales en un plano, para otros lugares con ladrillos abandonados, matojos y solanera.

Hay solares que, con el tiempo, quedaron insertados en el paisaje del barrio, emparentando con los descampados. Eternos lugares en los que nunca parecía que se iba a edificar nada, quedaron marcados por las líneas de las sendas más habituales de los paseantes, que siempre buscan el camino más corto. Quizá un árbol consiguió prosperar y en primavera se llenan de las flores silvestres que se agostan en verano. En algunas épocas se convirtieron el espacios proscritos y de peligroso acceso, donde los miedos se vertían en torno a los camellos o los yonquis de la zona. Otras veces, simplemente se convertían en basureros de cercanía, el lugar de soltar los escombros, a pasear al perro o abandonar una batería de coche. Si algún día comienza una obra, se vallan y se rodean de jubilados que observan y comentan los movimientos de las primeras máquinas. Hoy en día, sin embargo, nada de eso es garantía de finalización y numerosos solares permanecen medio vallados, a medio empezar o a medio terminar, ofreciendo profundos agujeros en el suelo, o esqueletos de edificaciones de futuro incierto. En medio de la crisis, ese estado transitorio quedará instalado de continuidad, pero ya no se podrá pasar por allí.
Desde otra perspectiva, en fin, los solares son lugares para la reapropiación: un lugar de encuentro para los vecinos, un huerto urbano donde planificar, trabajar y repartir, o simplemente un espacio reconvertido para el juego. Estos lugares siempre tienen un dueño, que suele ser una persona desconocida o una entidad inabarcable y depredadora de los que poco o nada sabemos, que poco o nada sabe de las vidas en el barrio. A pesar de ellos la vida sigue y hay gentes comunes que resisten los embates mercantilistas del suelo, proponen otras formas de estar y vivir en el barro y, a veces de manera imperceptible, van reconstruyendo territorios desde el nivel de la vida cotidiana, contestando y oponiendo a la voracidad multiplicadora de los especuladores.

 
Descampado
 

Descampado.

Espacios neutros en el entramado del viario. Lugares desolados, abandonados, tierra de nadie. Basureros, escombreras, cagaderos de perros, terrenos del todo vale. Tierra de frontera, sin ley. A veces límite chabolas-casas, gitano-payo, como el hoy disimulado en el Alto de San Isidro con las viviendas sociales. Para los niños de los setenta eran la aventura de lo prohibido. Su topografía irregular escondía tesoros o terribles sorpresas bajo la aparente uniformidad amarilla de las arenas secas y ásperas en el verano, y entre los charcos y barrizales que se formaban con las lluvias del otoño y la primavera. Señalados y reservados por los expertos en sus cartografías, podían convertirse en otra cosa. Los niños los vivíamos como lugares con entidad propia sin pensar que pudieran ser menos perdurables que un edificio, una plaza u otros espacios urbanos. Los percibíamos con el mismo carácter definido y estable que tienen los elementos consolidados de la ciudad.

¡Quién diría que el Parque de San Isidro era un enorme descampado con árboles, bancos y praderas! Y que su porte de zona verde urbana le ha venido con el paso de los años, cuando estos elementos se han impuesto a su origen primitivo. Formaban parte del paisaje urbano y eran protagonistas de múltiples vivencias. Su transformación no era previsible, ni en muchos casos deseada, pues perdían su estado salvaje y yermo para ser domesticados por las altas instancias, cuyas decisiones sobre el espacio no se consensuaban con los deseos y las necesidades de los vecinos. Trapicheos, tragedias, jeringuillas, coches abandonados, árboles enjutos y malas hierbas, paraísos de biodiversidad para algunos biólogos… Muchos permanecen casi intactos o asoman bajo la capa transformadora que se les impuso, con el misterio de por qué no han sido construidos con la fiebre especuladora. A veces generan leyenda, como el de Mataderos por ser posible cementerio improvisado tras un bombazo. Hace poco se ha añadido uno nuevo, inmenso, con el que tratan de borrar nuestra memoria y nuestra historia, tras la demolición de la cárcel de Carabanchel.

 
Vida de banco
 

Banco.

1. Vida de los bancos. Fenómeno extendido por toda la geografía urbana, pero de especial incidencia en los barrios periféricos de ingresos bajos, por el cual la vida de una familia pasa a depender de una entidad bancaria. En ocasiones, la expresión pasa de ser una figura retórica a ser literalmente cierta, como atestiguan los suicidios de personas desesperadas por no poder pagar la hipoteca al banco (cfr. IVIMA, EMV, desahucios).

2. Vida de banco. Forma de pasar el tiempo muy extendida entre adolescentes y jóvenes de la periferia cuyo caso prototípico fue retratado por Albert Plá en Veintegenarios. Una leyenda urbana cuenta que uno de estos banqueros fue capaz de levantarse del banco y salir de Carabanchel, viajando incluso al extranjero, pero como toda leyenda urbana, está sin confirmar. Existen banqueros no tan puros que combinan la vida de banco con otras actividades, como hacer deporte, ser boy scout, estudiar el bachillerato nocturno, ser grafitero (ver Arte en la calle), cantar rap (ver proyecto K de Kalle) o incluso militar en algún movimiento social o político. Hay una relación bastante cercana entre la vida en los bancos y la litrona (cfr. Litrona) y los canutos (cfr. Canutos), pero eso no quiere decir que sea la causa de todos los problemas del barrio, como malpiensan muchos bienpensantes. La camaradería que proporciona una prolongada convivencia en los mismos bancos es a prueba de separaciones, por muchos años que pasen. Desde los bancos “se arregla el mundo”, se aprende a buscarse la vida y se fantasea con qué hacer cuando se reúna un poco de pasta, ya sea quedarse en el barrio para siempre (ver Barrionalismo) o escapar de la periferia hacia el centro.

¿Salimos a la calle?Hace algún tiempo, Leonel Moura escribe que “en la calle sucede lo irremediable para el hombre común, porque el lugar de toda acción política es la calle”. Así presentada, la calle es el terreno de lo irremediable porque allí se deciden los destinos colectivos. Justamente por eso, la calle es el terreno donde toda acción adquiere status de acción política.

La afirmación de Moura describe con belleza la naturaleza de la calle en tiempos nacionales, pero la calle actual no se deja pensar en su novedad por esa definición. Agotado el Estado Nación como pan-institución donadora de sentido, la calle altera su condición. Sin meta-institución estatal, la calle ya no será la misma. Ahora bien, esta alteración consiste en su destitución como espacio público y político. Más radicalmente, en condiciones de mercado, la calle se transforma en esa distancia deśertica que separa al consumidor de sus objetos de consumo. Definida de ese modo, la calle pierde todo encanto nacional.

La dinámica de mercado, como efecto de su operatoria, produce exclusión. Vale decir que esta exclusión también describe la eliminación de ciertas prácticas como posibles en ese sistema social. Entre las prácticas excluidas, aquí nos importa centralmente una. A saber: las prácticas que hacen de la calle un espacio socialmente compartido. Ahora bien, la exclusión de estas prácticas, tiene consecuencias en la vida colectiva -no sólo de los excluidos, sino también de los incluidos-, ¿por qué? Porque implica el desvanecimiento de ese suelo que hacía lazo entre los componentes de la vieja lógica nacional. Dicho de otro modo, el agotamiento del espacio público destituye a la calle como zona de encuentros aleatorios y la transforma en un sitio fundamentalmente amenazante. Por otra parte, ese desvanecimiento resulta irremediable porque no hay sustituto privado del espacio público. Justamente por eso, incluidos y excluidos comparten una exclusión: la calle ya no es una institución de la dinámica actual.

El colapso de la calle como espacio público genera una serie de efectos. Entre tantos, la reclusión de los incluidos por temor a los excluidos y la expulsión de los excluidos. Reclusión y expulsión son operaciones de una lógica que se empobrece, simbólicamente, al reducir sus intercambios -cuando suceden- a intercambios entre parecidos: incluidos con incluidos (barrios cerrados) y expulsados con expulsados (ghettos).

Volvamos sobre las condiciones en las que la calle se desvanece como espacio público. Para la dinámica de mercado, la calle es, fundamentalmente, ese espacio que separa al consumidor de sus objetos de consumo. Siendo así, el consumo también deberá practicarse en casa. Para que esto ocurra, los artefactos mediáticos de mercado hacen su trabajo. De esta manera, nuestro consumidor no tendrá que someterse a los riesgos de transitar la calle post-nacional. La TV, internet, el teléfono y el servicio delivery nos ahorran esa posibilidad. Bajo el imperio de estos artefactos, la calle lentamente se despuebla. Sin sentido ni razones para permanecer en ella, sin condición pública y política, la calle se vacía. Ahora bien, ese despoblamiento no consiste en la retirada del ciudadano de la calle a su casa, sino en el desvanecimiento del tipo subjetivo ciudadano y del espacio como espacio público. Sin ciudadanos ni ámbito público, la calle nacional desaparece. Ahora bien, esto no quiere decir que no haya calle. Más precisamente, quiere decir que la calle ya no es una institución estatal existente, sino una producción situacional. En este sentido, no hay calle hasta que una estrategia subjetivante la obligue a existir y consistir.

La calle nacional como espacio público era una objetividad instituida por el Estado Nación en la que transitaban políticamente los ciudadanos. La calle contemporánea no ofrece razones ni sentido para transitarla al desvanecerse como espacio público y político. Si la calle no es una objetividad disponible sino desierto simbólico y amenaza, cabe preguntarse por las operaciones capaces de exceder semejante destino. En estas condiciones, forjar otro destino exige la determinación situacional y subjetiva de una situación llamada calle. Dicho de otro modo, consiste en la transformación de un fragmento en una situación habitable, en un espacio de regulación simbólica para los agentes que decidan habitarla. Pero esa construcción, no es efecto de la operatoria estatal sino de la decisión de un sujeto que se constituye en esa experiencia. En este sentido, agotado el Estado como pan-institución productora de espacios públicos, la calle resulta, inevitablemente, de un emprendimiento subjetivo.

Dicen que en lógica de consumo se puede hacer todo sin salir de casa, menos -claro está- salir a la calle. Esto parece cierto por los menos en dos sentidos. Por un lado, es posible hacer casi todo sin salir a la calle, porque la dinámica de consumo desarrolló unos procedimientos capaces de proveer, casa por casa, los más diversos servicios; por otro, porque no es posible salir a la calle, porque no hay calle como espacio instituyente de sentido. Justamente por eso, habitar la calle en condiciones contemporáneas quizá requiera no sólo de abandonar la fascinación del consumo hogareño, sino fundar un oasis en ese desierto simbólico. De no ser así, ya no podremos salir a jugar a la calle.

Ignacio Lewkowicz

Welcome to mi barrio¿Por qué un curso sobre la calle hoy? 

Porque hay muchos tipos de calle y cada una de esas calles revela mundos. La calle es ese lugar que late en la pregunta ¿te bajas?, ese deambular por descampados o parques: la calle de unos chavales de extrarradio que se timbran para jugar juntos; pero también la calle como lugar inevitable en la gran ciudad, de viviendas y mercados, escuelas y centros de trabajo, tránsito, manifestación y barricada; la calle como memoria de otro tiempo, como mito: la calle idealizada; la calle como lugar de riesgo, infección y peligro, bajo el punto de mira de las autoridades (que la temen, la ocupan, la controlan): la calle de la policía; la calle de la estratificación, de las tribus; la calle que individualiza, la del consumo, el centro comercial-calle; pero también la calle como vínculo, lugar de habitación y encuentro, espacio común, escuela (o espacio de diálogo y saberes compartidos).

¿Cómo se crea calle? 

Esta es la pregunta en torno a la cual gravita este taller. La intentaremos responder saliendo del espacio estricta -o imaginariamente- académico, para recuperar algunas de las historias y de las gentes que ya llevan tiempo haciendo calle, partiendo de las ideas concretas y reales que cada una tiene de la calle, de su calle, para crear un nosotras concreto que discuta y sueñe las posibilidades de aprender y recuperar la calle.

 

Estructura del taller. 
El taller se divide en cinco sesiones.

Lunes 20 de abril. ¿Qué entendemos por calle? Nuestras experiencias y saberes formarán un mapa cronológico y geográfico que servirá de guía exploratoria para las siguientes sesiones.

Lunes 27 de abril. Calles en la periferia. A través de un paseo guiado, nos acercaremos a la historia de un barrio de la periferia sur de Madrid, para reflexionar sobre aquella vida de calle, sus tensiones y sus luchas, y lo que de ella podemos aprender para el presente, en un recorrido del barro al barrio y del barrio al centro comercial.

Lunes 4 de mayo. Calles de la ciudad centro. Del barrio de San Juan a Las musas y, de ahí, al Barrio de las Letras, sin salir del barrio, a través del tiempo: otro recorrido guiado, esta vez por el centro de Madrid y sus capas de historia, en torno a los suministros, la convivencia y la fiesta.

Lunes 11 de mayo. ¿Cómo habitamos nuestras calles hoy? A través de ejercicios de investigación-acción, pensaremos sobre las maneras de habitar y deshabitar la calle hoy.

Lunes 18 de mayo. ¿Qué es la calle política hoy? Sabemos bien lo que fueron las luchas de otras generaciones y lo que la calle significó en ellas, pero ¿hoy? ¿Qué es político hoy en las calles? ¿Qué escapa a las lógicas dominantes? ¿Qué hace calle y ciudad común?

 

Información e inscripción
Todas las sesiones se celebrarán los lunes, de 19:00 a 22:00 horas.

Lugar:
Escuela de Afuera
La Universal
c/ Duque de Alba 13
<m> Tirso de Molina.

Puedes inscribirte escribiendo un correo electrónico a escueladeafuera@gmail.com, con el asunto: “Inscripción taller ¿te bajas?”.

El precio del taller es de 30€ (se entregan en mano el primer día).
No queremos que nadie que tenga ganas de acudir se quede sin hacerlo porque no pueda asumir este precio, así que, si estás en esta situación, escríbenos a escueladeafuera@gmail.com